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viernes, 9 de octubre de 2015

EL PELIGRO DE OTRO COLOR


 

EL PELIGRO DE OTRO COLOR

Antes de que le ocurriera la tragedia del semáforo, días atrás empezó a experimentar un cambio extraño en su vista. No era la acostumbrada miopía que lo había condenado para siempre a utilizar los lentes cuadrados que lo hacían ver más viejo, más introvertido y por supuesto más abandonado. Tampoco la visión distorsionada cuando se los quitaba para descansar los ojos mientras se aplicaba crema en las partes donde más le tallaba. Pero sí empezó a notar algo extraño cuando un día en la mañana, al dirigirse a la mesa para desayunar lo que la mamá le había preparado vio que el pocillo era rosado. “Y desde cuando compramos vajillas nuevas”, le preguntó, quien en ese momento estaba embelesada oyendo las noticias de la radio. “Nunca. Es el mismo pocillo de todos los días”, le respondió después de un largo silencio. Durante varios minutos se quedó contemplando el pocillo. A pesar de sentir que le estaba quemando la palma, seguía mirando de un lado a otro, la parte posterior, la misma parte desportillada que en años seguía con esa mancha café oscura, seguía rosado. “Estaré imaginándome o es porque no me he puesto las gafas” murmuró sin prestarle más atención.
Al otro día, cuando abrió el chifonier descubrió que la chaqueta del trabajo era verde. Lo supo porque estaba el escudo de la empresa de vigilancia desgastado y casi borroso. “Mire cómo dejó mi chaqueta. Y ahora cómo me voy a ir al trabajo”, le dijo a la mamá después de pegar un grito al cielo. “Pero si yo la veo igual”. “Cómo que igual. Está verde”. “Verde tiene usted la lengua. Y vuélvame a gritar y verá cómo le va”. La señora se fue y al quedar solo en la pieza, cerró de golpe el chifonier, tiró la chaqueta a la cama y se fue a bañar sin tampoco prestarle atención al suceso. Así empezó a experimentar poco a poco los trastornos de la vista. En el trabajo, veía las puertas del edificio de color naranja, aunque durante quince años estuvieran de plateada, las pantallas de los televisores rojizas, los libros de asistencia con líneas azules y el atardecer de un color púrpura.
A nadie le había contado de su rara enfermedad. Sin embargo una tarde, el supervisor de turno le pidió que se fuera a la calle siguiente a hacer una ronda y que se llevara la bicicleta negra que estaba en el cuarto de utilería. Al dirigirse, con sorpresa y rabia notó que había dos bicicletas. Tardó varios minutos en tratar de descifrar el color negro, pero era imposible, a pesar de quitarse los lentes, de limpiarlos, de aproximarse esforzando la vista, veía que una era azul y otra roja. “Qué pasó. Porqué no se ha ido”, escuchó la orden del supervisor. Así que, sin perder más tiempo, agarró (por pura intuición) la que veía de color azul. En la calle, presuroso, se fue distanciando del edificio donde el supervisor lo veía con sorpresa y preocupación desde la ventana del segundo piso. “Pobre. Es tan bruto que ni siquiera sabe diferenciar entre el color negro y el verde” dijo con ironía.
En el día trágico, se había despertado más temprano que de costumbre, no se había puesto el uniforme, estaba de mejor ánimo y siempre conservaba su deficiencia (que cada vez era más crítica) con un celo asombroso. El pocillo estaba ahora de un color morado y la mañana aunque sabía que era clara, la veía de un color plomizo. Se despidió de la mamá que lo veía con rareza tal vez porque no acostumbraba a verlo un día entre semana sin el uniforme. Definitivamente se veía más atractivo y con más autoridad que con esa chaqueta ancha y aquel pantalón de paño azul. En la calle, se había subido en el bus donde lo llevaría sin falta al médico. Estaba repleto, mucha gente casi columpiándose entre ellos lo obligaban a buscar una esquina, cercano a una mujer que tenía un niño en sus brazos alimentándolo con el biberón mientras movía las piernas y emitía el acostumbrado siseo para adormecer a la criatura. Mientras la gente lo iba empujando, incomodando de vez en cuando a la mujer que lo miraba después con cierta rareza, vio que la leche que había en el biberón estaba negra. Con asombro empezó a creer por un momento que esta vez no era producto de su problema de la vista sino que en verdad la mujer le estaba dando a beber un agua negra. Empezó a sentir náuseas, el espectáculo del biberón y un aroma a gasolina estaban por destruir su estómago. Prontamente se fue alejando viendo que los rostros de las personas que estaban todavía de pie eran de color verde. Se bajó apresurado entrando en pánico.
Al doblar la esquina fue caminando a pasos lentos, siempre en cada cuadra revisando los papeles que había que presentar al momento de ser atendido. Siempre que cambiaba de callejón, las hojas se tornaban de un azul mucho más claro y las letras más rojizas, hasta el punto de ver su nombre como una línea ilegible. Cuando estaba a dos cuadras de llegar, compró un bombón a la señora que tenía una chacita transparente. Alcanzaba a ver que los paquetes de galletas, papas, cigarrillos, chicles, parecían estar flotando. Lanzó una risa nerviosa cuando le pasó las monedas y cruzó después la calle.
Cuando el taxi lo levantó, todavía en el aire, todavía vivo, se llevó la imagen de que el semáforo estaba en verde, sin importar el grito de la señora cuando vio que él había sido el único en pasar, sin importar que en efecto habían dos personas al lado que estaban esperando con paciencia, sin importar que la luz verde estuviera alumbrando primero y no la roja, sin importar que antes de cerrar los ojos veía por última vez un montón de rostros desconocidos, con gestos deformes, miradas de terror del mismo color rosado del pocillo que aquella mañana había presenciado tal vez como una revelación anticipada de su tragedia. 

BARRIO SAN AGUSTÍN
MAYO 27 DE 2015.        

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