EL PELIGRO DE OTRO COLOR
Antes
de que le ocurriera la tragedia del semáforo, días atrás empezó a experimentar
un cambio extraño en su vista. No era la acostumbrada miopía que lo había
condenado para siempre a utilizar los lentes cuadrados que lo hacían ver más
viejo, más introvertido y por supuesto más abandonado. Tampoco la visión
distorsionada cuando se los quitaba para descansar los ojos mientras se
aplicaba crema en las partes donde más le tallaba. Pero sí empezó a notar algo
extraño cuando un día en la mañana, al dirigirse a la mesa para desayunar lo que
la mamá le había preparado vio que el pocillo era rosado. “Y desde cuando
compramos vajillas nuevas”, le preguntó, quien en ese momento estaba embelesada
oyendo las noticias de la radio. “Nunca. Es el mismo pocillo de todos los
días”, le respondió después de un largo silencio. Durante varios minutos se
quedó contemplando el pocillo. A pesar de sentir que le estaba quemando la
palma, seguía mirando de un lado a otro, la parte posterior, la misma parte
desportillada que en años seguía con esa mancha café oscura, seguía rosado.
“Estaré imaginándome o es porque no me he puesto las gafas” murmuró sin
prestarle más atención.
Al
otro día, cuando abrió el chifonier descubrió que la chaqueta del trabajo era
verde. Lo supo porque estaba el escudo de la empresa de vigilancia desgastado y
casi borroso. “Mire cómo dejó mi chaqueta. Y ahora cómo me voy a ir al
trabajo”, le dijo a la mamá después de pegar un grito al cielo. “Pero si yo la
veo igual”. “Cómo que igual. Está verde”. “Verde tiene usted la lengua. Y
vuélvame a gritar y verá cómo le va”. La señora se fue y al quedar solo en la
pieza, cerró de golpe el chifonier, tiró la chaqueta a la cama y se fue a bañar
sin tampoco prestarle atención al suceso. Así empezó a experimentar poco a poco
los trastornos de la vista. En el trabajo, veía las puertas del edificio de
color naranja, aunque durante quince años estuvieran de plateada, las pantallas
de los televisores rojizas, los libros de asistencia con líneas azules y el
atardecer de un color púrpura.
A
nadie le había contado de su rara enfermedad. Sin embargo una tarde, el
supervisor de turno le pidió que se fuera a la calle siguiente a hacer una
ronda y que se llevara la bicicleta negra que estaba en el cuarto de utilería.
Al dirigirse, con sorpresa y rabia notó que había dos bicicletas. Tardó varios
minutos en tratar de descifrar el color negro, pero era imposible, a pesar de
quitarse los lentes, de limpiarlos, de aproximarse esforzando la vista, veía
que una era azul y otra roja. “Qué pasó. Porqué no se ha ido”, escuchó la orden
del supervisor. Así que, sin perder más tiempo, agarró (por pura intuición) la que
veía de color azul. En la calle, presuroso, se fue distanciando del edificio
donde el supervisor lo veía con sorpresa y preocupación desde la ventana del
segundo piso. “Pobre. Es tan bruto que ni siquiera sabe diferenciar entre el
color negro y el verde” dijo con ironía.
En
el día trágico, se había despertado más temprano que de costumbre, no se había
puesto el uniforme, estaba de mejor ánimo y siempre conservaba su deficiencia
(que cada vez era más crítica) con un celo asombroso. El pocillo estaba ahora
de un color morado y la mañana aunque sabía que era clara, la veía de un color
plomizo. Se despidió de la mamá que lo veía con rareza tal vez porque no
acostumbraba a verlo un día entre semana sin el uniforme. Definitivamente se
veía más atractivo y con más autoridad que con esa chaqueta ancha y aquel
pantalón de paño azul. En la calle, se había subido en el bus donde lo llevaría
sin falta al médico. Estaba repleto, mucha gente casi columpiándose entre ellos
lo obligaban a buscar una esquina, cercano a una mujer que tenía un niño en sus
brazos alimentándolo con el biberón mientras movía las piernas y emitía el
acostumbrado siseo para adormecer a la criatura. Mientras la gente lo iba
empujando, incomodando de vez en cuando a la mujer que lo miraba después con
cierta rareza, vio que la leche que había en el biberón estaba negra. Con
asombro empezó a creer por un momento que esta vez no era producto de su problema
de la vista sino que en verdad la mujer le estaba dando a beber un agua negra.
Empezó a sentir náuseas, el espectáculo del biberón y un aroma a gasolina
estaban por destruir su estómago. Prontamente se fue alejando viendo que los
rostros de las personas que estaban todavía de pie eran de color verde. Se bajó
apresurado entrando en pánico.
Al
doblar la esquina fue caminando a pasos lentos, siempre en cada cuadra
revisando los papeles que había que presentar al momento de ser atendido.
Siempre que cambiaba de callejón, las hojas se tornaban de un azul mucho más claro
y las letras más rojizas, hasta el punto de ver su nombre como una línea ilegible.
Cuando estaba a dos cuadras de llegar, compró un bombón a la señora que tenía
una chacita transparente. Alcanzaba a ver que los paquetes de galletas, papas,
cigarrillos, chicles, parecían estar flotando. Lanzó una risa nerviosa cuando
le pasó las monedas y cruzó después la calle.
Cuando
el taxi lo levantó, todavía en el aire, todavía vivo, se llevó la imagen de que
el semáforo estaba en verde, sin importar el grito de la señora cuando vio que
él había sido el único en pasar, sin importar que en efecto habían dos personas
al lado que estaban esperando con paciencia, sin importar que la luz verde
estuviera alumbrando primero y no la roja, sin importar que antes de cerrar los
ojos veía por última vez un montón de rostros desconocidos, con gestos
deformes, miradas de terror del mismo color rosado del pocillo que aquella
mañana había presenciado tal vez como una revelación anticipada de su tragedia.
BARRIO SAN AGUSTÍN
MAYO 27 DE 2015.
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