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martes, 26 de junio de 2018

LA INEVITABLE SOMBRA



Empezó a distinguir la cara que se formaba entre ese montón de bruma. Algo así como una nariz arrugada y llena de brotes grisáceos que se perfilaban a la pared, mientras los ojos, cuyas cuencas se escondían entre unos círculos amarillentos, quien sabe si era por la escasa luz que había en el patio, se encandilaban en una expresión de angustia y a la vez de una euforia predestinada.

Era el momento para evitar cualquier parpadeo, ni siquiera para abandonar la escoba. Se había aferrado tanto al mango de madera que nunca se percató de haberse impregnado por aquel sudor frío con rastros de mugre.

Al principio quería convencerse de que era un espejismo, someterse a un desafío de locura, producida por el ceremonial del tabaco y las letanías a los muertos que con tanto ahínco la Tomasina le había obligado a presenciar. “La noche de las huellas está preparada mijita”, le decía con la voz quebrada por el guarapo y la nicotina.

A veces adoptaba el aspecto de un hombre demacrado por alguna penuria, otras parecía el de una mujer entregada a las ruinas del tiempo. No supo si era por el miedo a confrontar la noche de cortinas transparentes, donde el reflejo de las luces naranjas que provenían de la calle, condensaban una apariencia lúgubre o tal vez era la sensación de soledad envuelta en temblores y plegarias que la obligaban a mantenerse delante de un espectáculo extraordinario. Lo cierto era que sentía el peso del compromiso estar ahí, sin posibilidad de escapar, porque a medida que tenía la intención, el humo se iba espesando con mayor intensidad, extendiéndose por toda la sala y arrastrándose, como si no tuviera el mínimo reparo de enfrentarse a su temor propio, a su estado lamentable, seguro de su compasión, iba venciendo el miedo con el impulso de la curiosidad.

El cuerpo iba conformando una masa deforme y rústica a medida que abría la boca en la misma disposición de alguien que quiere decir algo. Solo que en ese momento movía los labios y, muy débil, provocaba un ligero chasquido que le causaba una sensación de repudio. Durante varias horas, mientras la transfiguración de su cuerpo que en momentos se robustecía, formando los músculos de un aguerrido soldado y otras se reducía a un montón de huesos calcinados, cuya figura parecía entregarse al reflejo de un cadáver, experimentó a duras penas la vergüenza de su primer grito, pero el suficiente para que percibiera el miedo de la presencia humana y raquítica que se aferraba al palo de escoba.

Fue en el claro de luna cuando el rostro parecía conformar unos rasgos más evidentes. En medio de la espesura provocada por el humo, lanzó un aliento a leña quemada que invadió toda la casa. La presencia de una figura infernal se había expandido por todos los rincones que ya de nada servía recurrir a los rezos y a los gritos. Solo la maldición al padre y a la tía por revivir a punta de creencias, aquellos  monumentos que antes habían perecido en el más lejano olvido.

Apenas cerró los ojos, nunca pudo presenciar por culpa del miedo, el recorrido de su gigantesca figura por el patio, la cocina, los cuartos, la terraza, el zaguán. Hasta las macetas donde siempre renacían matorrales verdosos, posteriormente se transformaron en plateadas y marchitas plantas. Se había negado a la incredulidad. Era mejor renunciar a cualquier plegaria. La figura se mostraba más imponente que cualquier ánima bendita y las huellas cenicientas que se desparramaban por todo lugar, demostraban con furor la nueva tragedia en la familia. No bastaba con agarrarse al escapulario, ni balbucear rezos torpes, porque ya el signo mortífero había invadido la casa con su trágica sombra, que para derrumbarla era necesario recurrir a otra fuerza mucho más intimidantes que esta, más bondadosas que aquellas facciones rústicas, tal como siempre la ha recordado antes de cerrar los ojos para siempre.

En el último ruido, en el último murmullo de risas incompletas, pudo finalmente abrir los ojos para enfrentarse a la lobreguez del mundo. Ni siquiera símbolos de luz, ni vestigios de color. Durante varios intentos de abrir y cerrar los ojos, refregarse la vista con los dedos, pasarse algodón encontrado a tientas en el comedor, se entregó rápidamente al convencimiento de que esta sería el peso de su error por esconderse en la comodidad del miedo.

Entonces sería la entrada inicial a una serie de desgracias.

         

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